Portada del sitio - Noticias - “El hambre es un delito de lesa humanidad”

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El dirigente social asegura que existen recursos para combatir la desigualdad, pero que los Kirchner concentraron la riqueza más que otros gobiernos. Y sostiene que es una deshonra que el 58% de los chicos sea pobre.

Mientras el mate se enfría en su mano izquierda, la otra ve deshacerse en cenizas el séptimo cigarrillo. Sus palabras empapan de ternura las letras frías del hambre y la pobreza, tan comunes por aquellos bordes del sur bonaerense donde arrulla a niños rescatados del abandono o derivados de juzgados de menores. La tarea de Alberto Morlachetti comenzó hace casi tres décadas cuando imaginó el Hogar Pelota de Trapo, en Avellaneda, sobre terrenos del ferrocarril. Sociólogo “en desuso” y enorme educador popular, multiplicó esos rincones de contención con la apertura de otros hogares y de dos escuelas talleres, la gráfica Manchita y la panadería Panipan.

Su silencioso trabajo se hizo grito hace algunos años cuando de la mano del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo comenzó a surcar el país para denunciar que “El hambre es un crimen”, consigna que les costó el secuestro y las amenazas a muchos de sus compañeros de ruta.

–En las últimas semanas, regresó la polémica sobre las cifras oficiales de la pobreza.

–La cifra oficial del 15 por ciento habla de un país que no existe, de una ficción. Otras oscilan seriamente entre un 30, 35, y la Iglesia habla de un 40 por ciento. Cualquiera sea el número, nos deshonra. La mirada de nuestras obras en los barrios te dice 40 por ciento o más, y te dice que ese número se eleva a 58 cuando se trata de niños.

–¿El problema es la falta de cifras reales?

–Las cifras son fundamentales porque a través de un diagnóstico se pueden generar políticas públicas. Pero aquí, como no hay diagnóstico, no hay mirada. No es posible que la Presidenta vaya a la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y diga que nuestro país tiene para alimentar a 400 millones de habitantes cuando no tenemos para nuestros seis millones de niños.

–¿Creyó que Néstor Kirchner podría tener otra mirada?

–El Gobierno tuvo algunas cosas interesantes como en el caso de los derechos humanos y algunas cosas en política exterior, como lo de Honduras. Pero, internamente, es un Gobierno que ha concentrado como nunca la riqueza. Cuando se pregunta de dónde sacamos los recursos, respondo: gravá la renta financiera, la minera, la agropecuaria, no me importa. No puede morirse un solo niño más de hambre.

–En “El hambre es un crimen”, ¿quién comete el delito?

–Algunos le quieren sacar la palabra crimen a la consigna, justamente para quitarle su carácter doloso y, de esa forma, liberar de angustia y culpa al asesino. De esa manera, el Estado no tiene que rendir cuentas por delitos que son de lesa humanidad.

–¿Existen políticas públicas para los niños?

–Con estos resultados, si existen, evidentemente son malas. Para cierta mirada, estos chicos son poblaciones residuales y si hay hambre es porque está planificada. El problema son los accionistas de los niños descalzos, los amorales, los dueños de la vida y la muerte, de la minería, el petróleo y la agricultura.

–¿Las organizaciones ocupan un lugar que debería ocupar el Estado?

–Lo intentan, pero su trabajo es una geografía acotada. Por eso, el Estado debería ordenar esas respuestas populares, sintetizarlas y aplicarlas como políticas públicas. Acá hay una política y es que una parte enorme de la fuerza de trabajo esté excluida y en los bordes, donde se vive y se muere de cualquier manera. Cuando ese niño sale de allí y se va a una ciudad, donde nunca debió estar, hablamos de bajar la edad de imputabilidad. Y los medios y el Gobierno les echan la culpa a los niños de la inseguridad.

–Pasan de víctimas a victimarios.

–A los chicos hay que darles afecto, cariño, van a devenir humanos si viven en condiciones humanas. Si les expropiás los insumos básicos, su código será la violencia.

–¿Qué respuestas da el Estado?

–Cuando empieza a inquietarse en la escuela, le dan un remedio para que baje sus conductas “no funcionales a la currícula”. Si lo transgrede, va a parar a una escuela especial; si sigue transgrediendo, va a un instituto. En la Argentina, las travesuras son delitos. En realidad, cuando un chico roba, está pidiendo a gritos que lo abracen.

–¿Y si no hay abrazo?

–Los chicos van hacia el paco. Y el que consume, por lo general, vende. Así se reproduce el círculo perverso.

–¿Qué opina de la asignación universal por hijo?

–Sería un primer paso. Porque aunque el trabajo es lo que dignifica, mientras no haya trabajo, ¿qué? Trescientos pesos por hijo me parece atendible. Los recursos están y de sobra, pero en los discursos vacíos se camuflan políticas que tienen que ver con la institucionalidad y la gobernabilidad y no con las necesidades de nuestro pueblo.