50 años de los Rosariazos: la huelga que empujó la rebelión

Por Sofía Alberti* | Se cumplieron 50 años de las jornadas de lucha popular encabezadas por el movimiento sindical y protagonizadas por el pueblo rosarino en su conjunto. La conmemoración, se unió a los 43 años de la Noche de los Lápices, cuando se secuestró, torturó y desapareció a estudiantes secundarios.  Una masiva marcha unitaria recorrió Rosario levantando la memoria y la lucha en unidad.

Organizaciones sindicales, sociales, políticas y un enorme contingente de estudiantes secundarios y secundarias, se movilizaron este lunes desde Plaza San Martín en conmemoración de los 50 años del Segundo Rosariazo y los 43 años de La Noche de Los Lápices. El puente histórico con las jornadas de rebelión de 1969 y de la noche del 16 de septiembre del ’76 y días posteriores, cuando fueron secuestrados, torturados y desaparecidos militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios que reclamaban por el boleto estudiantil, dieron un marco emocionante a la masiva convocatoria y acto en el Parque Nacional a la Bandera.

Rosario, escenario de batalla

Al Segundo Rosariazo, silenciado por los relatos oficiales, se lo llama ‘el hecho maldito’ de la historia local. En el protagonismo obrero y popular, la defensa de un programa de avanzada y la herramienta de la huelga como disparador de la movilización masiva, hay parte de las claves del ocultamiento de lo acontecido durante el 16 y 17 de septiembre de 1969.

Se calcula que participaron de la pueblada entre 100.00 y 250.000 personas. El clima venía caldeado. La sucesión de ‘Azos’ hirió de muerte a la dictadura de Juan Carlos Onganía. A nivel mundial el capitalismo en crisis veía consolidarse otros proyectos sociales y políticos y reventar sus contradicciones en grandes expresiones de lucha.

Así como el Rosariazo de mayo tuvo un indiscutido protagonismo estudiantil, repudiando la represión y muerte de un joven correntino, en el Rosariazo de septiembre la chispa radicó en acciones sindicales. El 8 de septiembre de 1969 “el cuerpo de delegados de la Seccional Rosario del Ferrocarril Mitre y la Comisión Coordinadora de la Unión Ferroviaria comunicaban que “se iniciaba una huelga de brazos caídos en los lugares de trabajo”, tras la suspensión del delegado administrativo Mario J.Horat por su negativa de notificarse de su suspensión por la adhesión a varios paros nacionales”, cuenta el historiador Leónidas Ceruti.

“Pararon ese día los 1500 trabajadores de los Talleres de Rosario y los 2500 de Pérez, de Villa Diego, personal administrativo y del Galpón de Alistamiento de Máquinas Diésel. Por la noche en una masiva asamblea se votó continuar la huelga, esta vez por 72 horas, con la adhesión de La Fraternidad. La medida se extendió a las Seccionales de Arroyo Seco, Empalme, Villa Constitución, San Nicolás, Cañada de Gómez y Casilda.  La empresa anunció suspensiones masivas, los delegados ferroviarios contestaron declarando la huelga por tiempo indeterminado a partir del día 12. La CGT Rosario se declaró en estado de alerta y convoco a un plenario”, narra.

Tras su plenario, la CGT Unificada de Rosario lanzó en solidaridad un paro de 38 horas para el 16 y 17. “La nueva farsa de las paritarias donde se pretende legalizar un nuevo congelamiento de salarios, las leyes represivas y la de movilización son pautas elocuentes de que se nos quiere retrotraer a épocas que muy bien conocemos los trabajadores”, rezaba la convocatoria. Estudiantes universitarios y los más diversos partidos políticos se sumaron al paro. La rebelión estaba en marcha.

Imagen épica de los Rosariazos

Unidad

Cuando actualmente desde algunos sectores sindicales, entre ellos la CTA Autónoma, se insiste en la unidad en la lucha y en las calles, parte de lo que está en debate es que, si los programas políticos más o menos consensuados no liberan la energía popular movilizada como masa crítica para su sostén, difícilmente se puedan concretar.

“La unidad obrero estudiantil fue, sin dudas, la más dinámica que construyó el movimiento popular y se expresó con fuerza en los Rosariazos. Se vio en la práctica la potencia de clase en esa unión entre el mundo del trabajo y del intelectual”, analizó el Secretario General de la CTAA Rosario, Gustavo Terés.

“Los Azos hirieron de muerte a la dictadura de Onganía. Un sector muy importante del movimiento obrero y del sindicalismo debatió y asumió un programa de liberación nacional y social, ligado a qué tipo de cambio estructural necesitaba nuestro país. Con un profundo planteo antidictatorial, antisistema. En esa etapa se fue gestando un sindicalismo de base, que venía de la resistencia, la etapa de la CGT de los Argentinos, de programas como los de La Falda y Huerta Grande. Y es fundamental destacar que el protagonismo, la dinámica, la marcaron los cuerpos de delegados y las comisiones internas, con la noción que el poder se construía desde el lugar de trabajo: esa era la trinchera principal”, dijo Terés.

Guerra de clases

El Rosariazo fue una pueblada que arrancó con una huelga. Pero fue la ola de mareas anteriores que alimentaron su fuerza.  A su calor se formaron grandes dirigentes que protagonizaron esas jornadas, como el referente estatal, dirigente de la CGTA, fundador y dirigente de la CTA, Héctor Quagliaro, y el abogado laboralista y militante Horacio Zamboni.

“En ese tiempo, no sé si la palabra correcta es esa, pero inauguramos un nuevo mecanismo de protesta, que ya no era el paro, como se decía, ‘dominguero’. Sino que convocábamos a la ciudad, o dividíamos a la ciudad en zonas y convocábamos desde las diez de la mañana a encontrarse en determinado lugar a todos los sectores, organizando en cada zona, para confluir en el Centro. Eso produjo una represión, y bueno, se lanzó allí el paro de septiembre, que fue el segundo Rosariazo, que tuvo también una connotación social muy importante”, recordaba Quagliaro en una entrevista sobre aquella gesta.

“Nos encontramos frente a una ciudad que estaba literalmente de paro, era una imagen de una guerra, las columnas de humo, lugares incendiados, barricadas por avenidas y calles. Y en todos lados, un sentimiento muy claro, que se percibía en el ambiente, que era que se había conquistado la libertad, eso era lo primero que se percibió y se notaba. Las gentes en las barricadas gozaban la libertad y defendían la libertad frente a los avances de unidades móviles”, contaba Zamboni según consta en el libro que recoge sus discursos, pensamientos y escritos.

La pluralidad política ideológica es un rasgo distintivo de aquel 1969. Y señalaba el abogado laboralista: “la diferencia entre el primero y segundo Rosariazo fue el papel, el protagonismo que tiene la clase obrera organizada sindicalmente, que en septiembre sale con una huelga con columnas importantes de algunos sindicatos, con acciones muy claras de tipo logístico – militar, que arrastran al resto de la sociedad, y a diferencia del Rosariazo de mayo, donde el papel protagónico fue del movimiento estudiantil, con una importante colaboración de sectores obreros identificados individualmente y no organizados sindicalmente”.

El Rosariazo que vino para cerrar el invierno, tuvo además el componente del combate callejero que tácticamente abandonó el centro de la ciudad y se recluyó en los barrios, donde la disputa del espacio se dio junto al vecino, al amigo, dotando a la rebelión de un carácter claramente popular.

Imagen de los Rosariazos

Sigue diciendo

Siempre, ante los aniversarios ‘redondos’, se piensa en establecer enseñanzas o aprendizajes colectivos. Las preguntas ‘¿sigue diciéndonos algo el Rosariazo de septiembre? ¿Qué? ¿Es posible retomar algo para la coyuntura?’, reaparecen como un zumbido que conmueve a unos, e incomoda a otros.

La apertura de un ciclo neoliberal y una nueva etapa profundamente regresiva en materia de derechos en nuestro país, encontró a parte de las direcciones sindicales detrás del nivel de movilización popular. A la vez, el advenimiento de años iguales o más complejos de los que vivimos, reflota ideas de pacto social y pacificación vía desmovilización y desocupación de las calles, que merecen ser debatidas.

“Hechos como estos nos ayudan a pensar la etapa. Hoy, como ayer, hay una tarea de los sectores populares que es confrontar con la política del Fondo Monetario Internacional. El pago de la deuda externa es un objetivo táctico, pero el objetivo estratégico del FMI, es imponer las políticas de ajuste a partir del endeudamiento. Así, se busca implantar reformas como la laboral, la previsional y profundizar las políticas de desregulación que le den más movilidad a los capitales, condenando a millones al hambre”, aseguró Teres.

“A lo largo de la historia hubo un sindicalismo amarillo y otro de lucha; uno burocrático y otro antiburocrático; el que usufructuó los pasillos del poder en beneficio propio y el que se apoyó en la movilización social; el colaboracionista y el que luchaba. Hoy esa dicotomía está más presente que nunca. Nosotros y nosotras estamos del lado de defender los derechos del pueblo y no del posibilismo”, expresó el Secretario General de la CTA Autónoma.

Se abrirán en el país momentos de profundas disputas de clases, cubiertas por el intento de construir un manto de “consenso y diálogo social”. La realidad muestra que la única manera que tienen los sectores populares para no seguir perdiendo –porque, como ocurrió en el 2002, la enorme transferencia de ingresos a los sectores de poder ya se hizo-, es ejercitando el músculo de la lucha colectiva. Ése que tanto se hubiera necesitado para frenar desde el inicio del macrismo las medidas regresivas-ofensivas de la bien llamada “CEOcracia”.

Es tiempo de ataques a los derechos colectivos a nivel global. De crisis de un sistema social, económico y político cuya base es la deshumanización que ya, con su dinámica productiva, pone en jaque la continuidad misma de la especie humana. La historia ha demostrado que la quietud en contextos como este decanta en la victoria del adversario de clase. En 1969 Onganía se proyectaba veinte años en el poder. La movilización consciente, con un programa unitario, fue la llave para terminar con un régimen, que fue y es mucho más que un gobierno. La disputa sigue radicando en la manera de entender y construir las herramientas colectivas en la perspectiva de posibilitar la felicidad activa y consciente de las mayorías. Por eso, los Rosariazos nos siguen diciendo. Y arden en la memoria, gritando que sólo el pueblo salvará al pueblo.

*Nota y fotos (excepto las de archivo): Sofía Alberti, Secretaria de Comunicación CTAA Rosario

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