La docencia en tiempos de pandemia

*Por Gustavo Terés y Damián Guerra | Transitamos tiempos difíciles, angustiantes por su carácter peculiar e impredecible, y por tratarse de un fenómeno total que impacta sobre todo lo que teníamos más o menos ordenado o naturalizado. Esta catástrofe de escala planetaria es posible gracias al encuentro entre un agente exógeno que irrumpe la normalidad, el virus, con las determinaciones concretas del modo de producción y organización de la vida social de mundo que habitamos.

Foto: Efe

Los males se multiplican por cada intersticio sobre el que nos animamos a ver, el capitalismo ha demostrado su incapacidad para resolver cualquier problema, es más, ha producido males endémicos que atentan contra la propia especie y al propio mundo. El trabajo, la alimentación, el transporte, la salud, la educación, la vivienda, el agua potable, todo, absolutamente todo está en crisis sistémica y ahora, pandemia mediante, vemos todo allí, sobre la mesa, todo junto desbordando hasta nuestra propia capacidad de sorpresa y de reacción.

No obstante, hemos podido ver como frente al dolor, al horror y la angustia aparecen retazos de solidaridad desde donde prenderse y construir la resistencia al desasosiego, al hambre y la soledad. Esa solidaridad que no es la proclamada desde las agencias noticiosas, o el aparato del estado, sino la real, la efectiva, la que nace de las entrañas del pueblo y tiende la mano entre los trabajadores, entre los desposeídos.

La desidia y el autoritarismo en la Educación Pública

Los trabajadores de la educación, como tantos otros, nos hemos topado de golpe con la ruptura de nuestra normalidad y, junto ello, con las presiones sociales respecto del trabajo que debíamos hacer, o dejar de hacer. Hablar de la normalidad, en este caso, no es hablar normativamente de lo que debiera ser, sino de lo que ha llegado a ser, de lo cotidiano, de lo que, sin sorpresas, se presentaría al día siguiente. Pensemos que, luego de siglos de construcción y consolidación de la escuela como dispositivo educativo oficial, y el aula como vehículo para contener en tiempo y espacio a educadores y a educandos, quedamos de un momento a otro sin nada, pedaleando en el aire.

En ese momento en donde debíamos habernos parado a pensarnos y a pensar el vínculo pedagógico en la coyuntua de crisis, y la forma que debía adoptar la educación en tiempos sin escuela, en ese momento donde debíamos parar, se nos ordenó seguir, seguir como siempre, a velocidad crucero.

A partir de allí, todo fue como un huracán, el sálvese quien pueda buscó coagular en el sistema educativo, no sin resistencias. El gobierno dejó de gobernar la educación (qué es también una forma de gobierno), tomando algunas resoluciones ministeriales generales, ambiguas y vagas para la cuestión pedagógica y otras para la cuestión alimentaria, el resto <<Laissez faire>>. No hay expresión más gráfica de neoliberalismo que ella, el dejar hacer es la estampa de un Estado que clausura la arena pública, y solo toma definiciones parches de forma unilateral y autoritaria como la RM 223.

La pandemia expone, y así como antes dijimos que dejaba en evidencia la incapacidad del sistema para responder a las necesidades básicas de la población, lo mismo pasa en el sistema educativo. Ya no se trata de comprar un marcador, quedarse sin borrador o pagar el pasaje de colectivo, ahora es el comprar una computadora, actualizar el celular o pagar el internet. Los recursos y soportes necesarios para sostener el trabajo a distancia son enormes, y el estado, nuestra patronal, cierra la paritaria y mira hacia otro lado.

La sobrecarga laboral tampoco es algo novedoso, pero encontrarse de golpe en la virtualidad, terreno desconocido, frente al turno o las 44 horas cátedra, ya ni siquiera es sobrecarga, es aniquilamiento laboral. Nuestras mentes y nuestros cuerpos van acumulando los pesares de las exigencias laborales que multiplican nuestras horas de dedicación, de las angustias de los estudiantes que no pueden conectarse y de nuestras familias, que nos necesitan y que también nosotros necesitamos.

Y eso es solo para los que han podido juntar horas antes del inicio de la cuarentena, porque los reemplazantes han quedado a un lado. Sin ingresos o con algunas horas que no llegan a significar un salario que supere la línea de indigencia, sin obra social, sin expectativas sobre cuando volver a trabajar, los reemplazantes están en peligro, no tienen ni siquiera la posibilidad de asegurar las condiciones de existencia. Y el estado, la patronal, cierra la paritaria y mira hacia otro lado.

El sistema educativo tiene una fractura originaria dada por la división social de clases de la sociedad en la que está inserta, no obstante, esa fractura se ha exacerbado. Mientras los pobres tienen “clases” por whatsapp, sintonizando la radio, o buscando un cuadernillo que no se comprende, las “clases” para sectores con mejores ingresos son con videollamadas y aulas virtuales. El Ministerio de Educación no ha atinado a generar políticas democratizantes que permitan, por ejemplo, el acceso universal a internet de forma gratuita, provisión de equipamientos, medios de comunicación alternativos, protocolos de actuación, insumos pedagógicos, formación técnica y varios etcéteras. El estado, nuevamente, mira hacia otro lado.

La docencia en tiempos de cuarentena exige sostener y refundar el vínculo humano-pedagógico con les niñes y familias, cuidar y cuidarnos, y, a su vez, construir nuevas formas de organización y lucha en pos de conquistar los derechos laborales arrebatados antes y durante la pandemia contra un estado que ha optado por desentenderse de las necesidades y requerimientos de la docencia y, en definitiva, de la educación pública toda.

* Gustavo Terés – Sec. Gral CTA Rosario – AMSAFE Rosario; Damián Guerra – Docente.

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